Las creencias se pierden, pero no el juego; este perdura con los siglos gracias a que la
infancia constituye la sociedad humana más conservadora, depositaria de las costumbres que
abandonan los adultos. Es curioso pensar que muchos juegos realizados hoy por nuestros hijos
son los mismos que practicaban príncipes y nobles en épocas remotas. Se jugaba en familia,
entre vecinos y compañeros como una modalidad no sólo de ocio sino de participación
comunitaria.
En el intercambio con el medio, el sujeto va construyendo no sólo sus conocimientos, sino también sus estructuras intelectuales. Estas no son producto ni de factores internos exclusivamente, ni de las influencias ambientales, sino de la propia actividad del sujeto. El autor establece tres tipos de juegos “de ejercicio, simbólico y de reglas” correspondientes a las diversas formas sucesivas de inteligencia “sensoriomotora, representativa y reflexiva”
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